Militancia en la vida y resistencia en la fe: aportes para la Diaconía Comunitaria

Mensaje a partir de Ap. 1,9-18


Por P. Jorge Weishein

Mensaje a partir de Ap. 1,9-18


Que al leer su palabra el espíritu de Dios nos permite volver a ver su reino en medio de nuestros sufrimientos y luchas de cada día. Amén


Estimados hermanos y hermanas,

El espíritu del Señor me trajo esta mañana hasta aquí para compartirles una visión. No tengan miedo, no estoy enfermo ni estoy loco, solo quiero invitarlos a dejarnos llevar por el espíritu para ir al encuentro de su reino de paz y justicia.


No puedo parar de escuchar una voz: “no usen mi nombre en vano, mi poder no es de este mundo” Veo a un hombre de piel morena, ajado por el sol, de manos grandes y sonrisa agradable, caminando en chinelas. Está subiendo un cerro, abrazado a dos personas más, una lleva una maleta, la otra una criatura de la mano. Sus pies dejan marcado un sendero que se pierde en el horizonte. Mucha gente lo sigue y sus pisadas se pierden entre las pisadas de la gente, pero las suyas brillan como el oro. El esfuerzo que hace al caminar cuesta arriba sosteniendo a estas personas es enorme, se ve en los músculos de sus brazos tatuados con la palabra ágape en la derecha e hypomoné en la izquierda. Él se hace llamar diácono y hermano, nadie conoce bien su nombre ni de dónde es, pero nadie duda de hacia dónde va y qué es lo que enseña.


Arriba del cerro se puede ver un templo del que cuelgan cuatro listones de colores: el celeste flamea con la palabra alegría; en el verde está inscripta la palabra salvación; en el rojo misericordia y en el violeta vida. Un coro de cuatro voces canta: “benedictus qui venit in nomine Domini” y sus voces bajan por el sendero como un río de agua viva que refresca los pies cansados de las y los seguidores y se reflejan al sol iluminando a sus hermanos y hermanas a cada paso.


La persona a la izquierda del diácono lleva una niña de la mano que ríe y canta llena de vitalidad y señala con su mano al coro de la cima. La persona que la lleva de la mano es un hombre joven, camina encorvado mirando a la niña a los ojos y canta con ella. La persona de la derecha es una mujer adulta, camina despacio con calma, con certeza, apenas se apoya en los brazos del diácono.


En el coro es posible ver a quienes nos precedieron en la vida nueva con Cristo y esperan los cielos nuevos y la tierra nueva. Están todos, con todos sus colores y todas sus voces cantando juntos, cada uno y cada una, conforme a su tono de voz.


Entre las personas que siguen al diácono es posible ver muchas personas adultas caminando por el costado del sendero, que siguen el camino mirando las pisadas sin pisarlas. En el medio del sendero van jóvenes y niñez con sus abuelos y abuelas jugando con las pisadas del diácono que sobresalen por su hondura y su brillo. Las piedras y los cardos retrasan los pasos de las personas adultas. Les niñez llevan de la mano a sus abuelos.


A la derecha y la izquierda del templo es posible ver el sol y la luna que reflejan su luz, al principio y al fin del horizonte, en cada uno de sus extremos. No es de día, ni es de noche, la luz proviene de la palabra, del canto, de la caminada, de los pies del diácono.


El coro canta cada vez que el diácono concluye los siete por siete pasos y descansa. Cuando camina pronuncia el shema y las bienaventuranzas, y a las personas que lleva a su lado se les enciende el pecho cada vez que el diácono habla.


Esta visión que me muestra el Señor son imágenes de nuestra realidad y de nuestra esperanza. El hijo del hombre, el diácono de la humanidad, el dios hecho hombre anda por el camino del reino abrazado a Adán y Eva, al Antiguo y Nuevo testamento, a las mujeres y hombres sufrientes de nuestros días, a una humanidad a la que abraza tal como es, tal como vive, a todos por igual. Una humanidad que siempre se renueva con nueva vida, una niña que llena sus ojos de alegría mostrando siempre nuevos motivos para seguir adelante. Una humanidad que lleva sus cargas, sus historias, sus luchas, porque le pesan las injusticias que los enfrentan y los vulneran, los matan y los enferman. Jesús, el servidor de de vida nueva para el mundo, los abraza y los guía hacia un nuevo tiempo.


Los niños y los ancianos que siguen a Jesús movilizan a muchos otros, un poco jugando, un poco enseñando, un poco mostrando por donde ir, un poco aventurando qué hacer. Los adultos los siguen, se asombran, se maravillan, los siguen, aún tropezando con su vida cotidiana de todos los días, sin embargo, movidos por el espíritu que ilumina los pasos de jóvenes y viejos.


El templo en lo alto está lejos pero bien señalizado, está claro dónde está, y está a la vista lo que enseña. Es un lugar plural y diverso, plural de muchas voces, diversos de muchas identidades. Este es un lugar santo, un lugar especial, esta convivencia no se da siempre ni en todos lados, es como un laboratorio del shalom, un mundo ideal de paz y justicia, para bajar al mundo. En este lugar se recuperan las vidas de todos los santos que nos anteceden y nos dejamos iluminar por sus vidas signadas por el evangelio, por sus testimonios de la palabra de Dios, por sus caminos alumbrados por el evangelio. El camino es la fe compartida, el canto la palabra de Dios que se acerca a nuestras vidas.


Hermanos y hermanas, el profeta Juan en su visión en esos años de persecusión que va a costarle la vida a miles de cristianos por un par de siglos, recupera una manera de anunciar el evangelio que interpela la memoria de fe de los fieles y que despierta la imaginación de un mundo nuevo para todos y todas. Dejemos que las imágenes de la palabra de Dios nos despierten y nos movilicen, imaginemos y soñemos, miremos y veamos, dejemos que el espíritu de Dios nos lleve. No tengamos miedo, tenemos todo el tiempo del mundo porque todo el tiempo es de Dios, de principio a fin: pongamos nuestras vidas al servicio del mundo y que la justicia y la paz sigan siendo la luz de nuestros pasos. El ágape (como la militancia de la vida) y la hypomoné (como la resistencia en la fe) nos sostienen nuestros brazos y nuestros cuerpos. La promesa de los evangelios de alegría, salvación, misericordia y vida nos orientan y las enseñanzas nos alimenta en el camino. Animémonos mutuamente a ver el mundo nuevo que nos trajo nuestro señor Jesucristo al mundo. Amén